Entrevista a la Prof. Noemí González Calo: «La historia es un puente entre el campo y el aula»

Entrevista a la Prof. Noemí González Calo: «La historia es un puente entre el campo y el aula»

TrinidadCiudad.com: Profesora, es un gusto. Usted nació en Montevideo en 1959, pero al escucharla hablar de Flores o de la gastronomía de su madre, parece que viviera entre dos mundos. ¿Cómo define esa identidad de «hija única» de una familia con raíces tan fuertes en Flores?

Noemí González: El gusto es mío. Es cierto, soy una montevideana con el corazón en el interior. Ser hija de Tulio y de Berta fue habitar un contraste constante. Mi padre era el hombre de campo, el capataz que recorría Flores, San José y El Colorado; un hombre de tierra y ganado. Mi madre, la primogénita de 16 hermanos —¡imagínate lo que era esa mesa en Ismael Cortinas!—, trajo consigo la fuerza de la familia grande. Aunque Tulio se nos fue muy temprano, en 1964, su apellido y su linaje me marcaron.

TrinidadCiudad.com: Menciona su linaje. Su padre era hermano del Dr. Hugo Camacho, cuyo nombre lleva el liceo de Ismael Cortinas tras su trágica muerte. ¿Cómo influyó ese legado familiar en su decisión de ser docente?

Noemí: Influyó de manera determinante. El nombre de mi tío Hugo es sinónimo de servicio y entrega en Ismael Cortinas. Al recibirme de profesora de historia tan joven, sentí que de alguna manera continuaba esa labor social a través de la educación. La docencia en el ámbito público —en La Teja, Paso de la Arena, Villa Dolores— no fue solo un trabajo para mí; fue una militancia por el conocimiento, una forma de honrar ese espíritu de «hacer por la comunidad» que mi familia siempre tuvo.

TrinidadCiudad.com: Su madre, Berta, tuvo una trayectoria singular: de Ismael Cortinas a especializarse en gastronomía judía en la capital.

Noemí: ¡Es increíble! Una mujer que salió de un hogar de 16 hermanos para terminar dominando los secretos del knish y el gefilte fish. Ella falleció en 2017, pero me dejó esa curiosidad cultural. Esa capacidad de asimilar lo «ajeno» como propio es, en esencia, lo que también hace un historiador: intentar comprender al otro.

TrinidadCiudad.com: Hablemos de su vida personal. En 1982 se casa con un comapañero de estudios, compartían la pasión por la historia, pero la vida le puso una prueba muy dura con su fallecimiento temprano en 2002.

Noemí: Roberto fue mi gran compañero de ruta y de profesión. Perderlo cuando solo tenía 48 años fue un golpe devastador, un «quiebre de tiempo» que ningún libro de historia te enseña a procesar. Me quedé con mis dos hijos, que hoy son mi mayor orgullo y quienes me han dado el regalo de ser abuela de dos nietos maravillosos. En ellos veo la continuidad de nuestra historia personal.

TrinidadCiudad.com: Hoy, ya retirada, usted ha pasado de narrar la historia en el aula a «tocarla» en sus viajes. ¿Cómo es ese encuentro con los lugares que antes solo vivían en sus mapas y textos de Historia Universal?

Noemí: Es una sensación de completitud casi mágica. He pasado décadas describiendo el Renacimiento, las revoluciones europeas o las civilizaciones antiguas frente a un pizarrón en una UTU o un liceo. Ahora, cuando estoy frente a esos monumentos, siento que estoy saludando a viejos amigos. Viajar es, para mí, la forma más viva de seguir aprendiendo.

TrinidadCiudad.com: A pesar de recorrer el mundo, sigue volviendo a Trinidad e Ismael Cortinas. ¿Qué busca en esos regresos?

Noemí: Busco la raíz. Sigo ligada a Flores por hilos invisibles pero indestructibles. Visitar a mis tíos, primos y sobrinos segundos es volver a ser la hija de Tulio y Berta. Es recordar que, aunque uno estudie los grandes imperios, la historia más importante es la que se construye en el afecto de un pueblo pequeño y en el nombre de un liceo que recuerda a los que amamos.

Redaccion

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